lunes, octubre 30, 2006

El Florido Pensil

Me estoy leyendo este delicioso libro, alumbrado por el sublime Andrés Sopeña Monsalve y del cual recomiendo una detenida lectura.

A lo largo de sus páginas, comenzando con un excelente prólogo a cargo de Gregorio Cámara, Catedrático de la Universidad de Granada, y con una divertida e inteligente introducción a cargo del autor, se puede encontrar un retrato, un bosquejo extremadamente definido, de lo que se enseñaba en las escuelas de aquella España nacionalcatólica de la dictadura de Franco.

Echando mano de una extensa bibliografía, entre otros la famosa Enciclopedia Álvarez de diversos grados, el autor va navegando por las aguas de la historia, de nuestra historia reciente, y va analizando con un notable sentido del humor, una pizca de mala leche y una considerable dosis de ternura aquellos años en los que el "Cara al Sol", el himno nacional en cualquiera de sus versiones oficiales y el rezo diario eran el pan de cada día.

Resulta muy clarificador mirar acerca de la visión del mundo que tenían los poderes que controlaban la educación (como practicamente todo) en la España de la Franco, de la escala de valores que consideraba apropiada para el buen ciudadano y la buena ciudadana (no, no es corrección política, es que en aquel tiempo los valores deseables cambiaban según se fuera hombre o mujer), y luego echar un vistazo a la realidad cotidiana y presente para descubrir que las cosas no han cambiado tanto desde entonces.

Es cierto. Y me gustaría haber vivido en aquella España pasada y terrible, con sus miserias, su incultura y su aciago destino solamente para poder mirar atrás ahora y pensar que, después de todo y visto lo visto, aquellas generaciones no salieron tan mal paradas después de todo. Y mira que lo intentaron a conciencia aquellos "educadores". Me gustaría tener la visión del tema que tiene mi padre, por ejemplo, que reconoce las ilustraciones (humorísticamente comentadas) que jalonan el libro y es capaz de captar el aroma que, cuarenta años después de aquello, sigue emanando de las páginas de esta fotografía. Yo solamente puedo imaginarlo y comparar esa imagen con lo que tengo yo vivido, que dicho sea de paso, no es mucho.

Pero insisto, los numerosos cambios que ha vivido la sociedad española desde aquel tiempo se me antojan más superficiales de lo que yo mismo quiero reconocer. Y para muchas aparentes sinrazones acerca del presente se pueden encontrar respuestas, sutilmente escondidas detrás de cada broma, de cada crítica, de cada imagen, humildes pobladoras de El Florido Pensil. Una razón más para entender y, por qué no, amar más a este curioso pueblo que somos los españoles. Y digo pueblo no porque sea inconsciente de la variedad de Pueblos que pueblan la península ibérica y las islas, sino porque para mí España no ha dejado de ser como la plaza mayor de un pueblo, con los defectos y las virtudes esperables, habitada por nosotros, personas amables a ratos, hospitalarias, divertidas, leales y amantes de su familia y sus amigos, pero también irritables, iracundas, algo incultas y bastante cenutrias.

De todo ello, y de más cosas nos habla este tratado sobre la educación en la Dictadura. Porque la educación, como bien se preocupa de recordar el autor en la introducción, no puede sustraerse nunca del contexto en el que tiene lugar, y tanto el continente en forma de maestros y alumnado, como el contenido en forma de conocimientos, son indicativos de lo que está pasando en ese lugar en un momento determinado. Y el tiempo suele dar bastante perspectiva a los asuntos, tanto más cuando las realidades a las que se hace referencia siguen frescas en la memoria de algunas personas. Todo aquello, pequeños detalles, mínimos misterios, retazos en un papel, de repente cobran forma y se convierten en algo más grande que la suma de ellos mismos. De repente se abre una amable ventana al pasado que invita a asomarse y a mirar todo aquello desde arriba, pero desde cerca. Hay que aprovechar ahora, que aún quedan personas que estuvieron allí y que son los únicos capaces de abrirla. Hay que aprovechar ahora y mirar.

Este libro es una ventana así, sencilla y pequeña pero única. Y articulando la narración, como las jarcias un navío, está la prosa ligera, firme, inteligente y asequible del autor. Insisto, una delicia que recomiento a todos, sin importar comunidad autónoma, nación o realidad nacional, tanto si se quiere pasar un rato de ocio como levantar la vista hacia el horizonte cercano de nuestra historia.

¿Se puede pedir algo más?

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